Esos juegos teóricos tenían dos vertientes: sólo funcionaban si el ser humano actuaba solo y si lo hacía movido por motivos de egoísmo, beneficio y satisfacción.En un mundo de personas aisladas, egoístas y perfectamente racionales era perfectamente sostenible crear un sistema que diera satisfacción a todos los jugadores manteniendo su libertad, movida tan sólo por el incentivo de la ambición personal. el equilibrio de Nash.
Los sabios se toparon sin embargo con un problema: la población civil tenía la atávica costumbre de tomar decisiones cooperativas (ya saben, el New Deal, los equipos de rugby, la familia o el orfeón Donostiarra) y de presentar comportamientos altruistas y sentimentales. Ante esa resistencia, la opción más sencilla para los sabios fue reprogramar a toda la población antes que desechar tan elegante modelo matemático.
En “Una mente maravillosa” se narra la vida de John Nash. Mientras se inventaba esa sociedad perfecta de individuos-número, los médicos descubrieron que Nash era un enfermo grave de esquizofrenia paranoide.
No sé si lo encontraréis tan irónico como yo: un paranoico diseñó el paradigma intelectual que ha regido Occidente en los últimos treinta años, contagiándonos a todos poco a poco, a través de sus impávidas ecuaciones, una irremediable paranoia.()
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Entre la indignación y la duda. Así me he quedado después de leer el Premio Born de teatro del 2008.
Empiezo y tengo que dejarlo a los 15 minutos porque me aburre. Lo retomo una hora después “por si acaso”; lo vuelvo a dejar, no hay manera. Al cabo de un rato leo un artículo en Primer Acto sobre la obra que no escatima en halagos: “que si un lenguaje contemporáneo”, “que si te atrapa con los cinco sentidos”, “que si una estructura…”, bla, bla, bla…
Me lo he acabado “por cojones”; no podía ser. Quizás estaba desconcentrado o algo así.
Nada. Aburrimiento total. Palabrería. Mentira.
¿Será que ya no me gusta el teatro? Porque me ha pasado con todas las obras que he leído últimamente.
A decir verdad no me ha pasado con todas. En el mismo número donde aparece esta obra mencionada venía una parte de “La casa de la fuerza” de Angélica Liddell. Las últimas escenas; emocionado hasta la médula. Y en concreto una escena: “Pongo mi espíritu” me ha estremecido. Un extracto:
Los hombres duros tienen el poder
Pero yo, mujer, tengo el asco por los hombres
Vuestra tiranía es vuestra vulgaridad.
Sí, yo, mujer, tengo el asco por los hombres….
…Mis hijos serán hombres buenos que no sirvan para nada.
Y de ese modo, vosotros, hombres fuertes
Tan ansiosos de reglas y disciplina
Gordos de mentiras y promesas incumplidas
Apestados por la ambición
Ventosas arrogantes
Vosotros Que cuanto más atormentáis a aquellas que os aman
Más defendéis vuestra inocencia….
Yeah.
Y pienso que quizás ya no me gusta el teatro. O será que no me gusta la mentira, el hablar por hablar, el buscar temas “contemporáneos” con demasiada palabrería y muy poca verdad.
Y pienso que por eso he dejado de escribir; porque no tengo nada que contar. Y después de leer mentiras me vuelven las ganas de seguir con mis textos inacabados.
P.D: Y lo de los textos de la Liddell me enlaza con el post que comentábamos hace unos días en LVAD; el sufrimiento existe, es humano, y para ser artista hay que ser muy muy humano.
P.DII: Podéis echar un vistazo a su Blog en esta dirección: http://miputaperrera.blogspot.com/
Comencé a habituarme a no juzgar personalmente, sino a sólo asentir a los juicios de los demás. Me acostumbré a no apreciar las cosas por mí mismo sino a apreciar nada más que las cosas “buenas”; lo que los demás consideraban bueno me gustaba también a mí, y lo que los otros no estimaban bueno, tampoco encontraba mi aprobación. Leía “buenos libros” y me gustaban porque sabía que eran “buenos”; escuchaba “buena música” y me gustaba por la misma razón. Pero los demás determinaban qué era “bueno”; nunca yo mismo.
En ese entonces yo no emitía opiniones, no tenía preferencias personales ni gustos individuales; al contrario, seguía en todo la única opinión saludable: la de los otros, la de ese comité de personas cuyas opiniones yo reconocía y que representaban a la opinión pública, ya que sabían qué era correcto y qué equivocado. Y cada vez que yo creía haber alcanzado también el nivel de ese comité imaginario me alegraba y me sentía orgulloso.()
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Para los ojos del filósofo sin duda resulta posible que el verdadero intelectual sea aquel que reflexiona sobre una cuestión teniendo en cuenta todos sus aspectos, y que por consiguiente no decide ni actua nunca; ello puede justificarse en el campo puramte filosófico. Sin embargo a mí me parece igualmente válido que aquel que siempre reflexiona y no actúa jamás es el que fracasa en la vida. Aquel que no hace más que reflexionar “a fondo” acerca de todo y se abstiene de tomar cualquier posición, es aquel cuyas reflexiones finalmente no tienen valor y acaban derrumbándose como un castillo de naipes.()
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