Esos juegos teóricos tenían dos vertientes: sólo funcionaban si el ser humano actuaba solo y si lo hacía movido por motivos de egoísmo, beneficio y satisfacción.En un mundo de personas aisladas, egoístas y perfectamente racionales era perfectamente sostenible crear un sistema que diera satisfacción a todos los jugadores manteniendo su libertad, movida tan sólo por el incentivo de la ambición personal. el equilibrio de Nash.
Los sabios se toparon sin embargo con un problema: la población civil tenía la atávica costumbre de tomar decisiones cooperativas (ya saben, el New Deal, los equipos de rugby, la familia o el orfeón Donostiarra) y de presentar comportamientos altruistas y sentimentales. Ante esa resistencia, la opción más sencilla para los sabios fue reprogramar a toda la población antes que desechar tan elegante modelo matemático.
En “Una mente maravillosa” se narra la vida de John Nash. Mientras se inventaba esa sociedad perfecta de individuos-número, los médicos descubrieron que Nash era un enfermo grave de esquizofrenia paranoide.
No sé si lo encontraréis tan irónico como yo: un paranoico diseñó el paradigma intelectual que ha regido Occidente en los últimos treinta años, contagiándonos a todos poco a poco, a través de sus impávidas ecuaciones, una irremediable paranoia.(1)
- Baños Boncompain, Antonio (2009). La economía no existe (129-133), Barcelona: Los libros del lince. [↩]
